Hace dos años llegaban desde China noticias inquietantes. Un nuevo virus estaba ocasionando miles de infectados y una cifra de muertos que aumentaba de forma casi exponencial. El epicentro de la pandemia se situaba en Wuhan, una ciudad que poco tiempo después tomó la difícil decisión de encerrar en sus casas a sus habitantes. Era el único medio efectivo a su alcance para frenar los contagios y nos sonaba tan extremo y tan alejado como la propia ciudad china, una de las más importantes e industrializadas del país.
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